El medallon del Mago de Hanozo Suzumiya



Prologo

Londres, Inglaterra, 4 de Sep. del 2006

Una mujer de cabellos rojos entró al despacho de un cerrajero. El hombre la saludó amablemente y un instante después, la mujer apareció por detrás de él en menos de lo que dura un pestañeo, doblándole los brazos, y sometiéndolo.
El hombre se quedó pasmado ante aquello, inmovilizado en parte por el miedo y en parte por la precaución, pues temía que si efectuaba aun el más ligero movimiento ella le haría más daño del que estaba recibiendo ahora.
— ¿Dónde está el medallón? —inquirió la mujer al poco rato, doblando el cuello del hombre.
—No lo sé. No sé dónde está —susurró.
— ¡Mientes! —gruñó la mujer.
El hombre respiró.
—Es la verdad. No sé dónde está —musitó el sujeto casi tosiendo.
La mujer se enfureció. Le dobló el cuello y se oyó un ‘crac’, dos segundos después, el hombre cayó al suelo privado de la vida.
Ella lo vio desvanecerse entre sus manos mientras sonreía satisfecha. De repente, la puerta de la habitación se abrió y entró una mujer alta y rubia, que llevaba gafas y un abrigo negro. Sus ojos verdes y destellantes, se fijaron en la chica.
Margaret, pero… ¿Qué has hecho? —preguntó la mujer, cerrando la puerta de un golpe.
Margaret se volteó y le lanzó una mirada de pocos amigos.
—Matarlo —dijo ella sin inmutarse.
— ¿Matarlo? —repitió la rubia.
—Si, ¿que acaso estás sorda? —vociferó Margaret.
Lucinda tragó saliva. No era la primera vez que Margaret le gritaba así. Pero enseguida comprendió que era mejor quedarse callada. Margaret Stott no estaba de un buen humor que digamos como para mantener una conversación amigable con ella.
— ¿Por qué lo mataste? —dijo Lucinda finalmente.
Margaret alzó la mirada hacia ella.
—No me servía —respondió despreocupada.
Lucinda reprimió las ganas de vomitar en cuanto vio el cuerpo del hombre.
— ¿Quién era esté tipo? —señalo Lucinda al hombre que yacía muerto.
Margaret bajó la vista y le echó un ojo al cuerpo. Había matado tantas veces a hombres como él, que cuando lo miró no sintió ni una pizca de remordimiento. Al contrario, sonrió satisfecha por lo buena que era matando a tipos como él. Su padre que había muerto hace diez años, regresaría de la tumba y le estrecharía la mano por el buen trabajo que había hecho.
Un gone —contestó ella.
Lucinda volvió a tragar saliva.
— ¿Un gone? —repitió Lucinda confundida.
Sí, un gone. Mitad humano, Mitad demonio —le dijo Margaret bruscamente. Odiaba que los aprendices no supieran nada de su propio mundo. Y sobre todo odiaba tener que lidiar con una. ‘¿Por qué de tantas aprendices me vino a tocar está?’ se preguntó a sí misma.
— ¡Oh! No los conocía aún —comentó la mujer.
Margaret fingió una sonrisa. No parecía que Lucinda se diera cuenta de lo insoportable que podría llegar a ser. La chica rubia dio un paso hacia delante acercándose al cadáver.
— ¿Está Muerto? —pregunto Lucinda una vez más como si no acabara de creerse que tenía una persona muerta frente a ella.
Si, muy muerto —repuso Margaret, con una sonrisa de satisfacción en el rostro—. Pero, ten cuidado se puede volver a despertar.
Lucinda dio un saltó inesperadamente. Margaret río, era de las pocas cosas buenas de contar con una aprendiz, que eran demasiado fáciles de asustar debido a su inexperiencia, cosa que a Margaret le agradaba hacer a menudo
—Aún te asustas, niña —Margaret sonrió con amargura.
Lucinda se incorporó planchando su vestido.
—No —contestó.
— ¡Qué bueno! Comienzas a aprender —la apremió.
Lucinda se dio cuenta del sarcasmo en su tono de voz, pero no comentó nada. Al menos, ya no está enojada, pensó, sonriendo hacia ella. Margaret le devolvió la sonrisa y sacó una daga de su cinturón. Se acercó a Lucinda y se la entregó.
¿Qué quieres que haga con ella? —Lucinda miró la daga palideciendo.
Margaret ladeó la cabeza exasperada.
—Olvídalo lo hago yo —le dijo, arrebatándole la daga de la mano.
Margaret se inclinó sobre el cuerpo del hombre sin vida. Colocó la daga en el pecho y puso la muñeca del sujeto sosteniendo la daga de tal manera que se vería como si el hombre se hubiese suicidado. Luego, se incorporó y le hizo una señal a Lucinda, un minuto después, ambas salían del despacho en dirección a la torre de Londres.











No hay comentarios:

Publicar un comentario

Enhorabuena, gracias por compartirnos tu opinión. Síguenos en Facebook y Twitter.

Escríbenos

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *